Que quede claro de entrada: el golf es un deporte malísimo. Caminás cuatro
horas detrás de una pelota que vos mismo tiraste lejos. Pagás una fortuna por
palos que te hacen sentir peor. Te enojás con tu mejor amigo porque no se
calló mientras pegabas un swing que igual ibas a fallar.
Y sin embargo, acá estamos. Siete. Todos los fines de semana. Como si alguien
nos hubiera obligado por escrito. Nadie nos obligó. Es una elección consciente,
repetida, y por eso mismo, sospechosa.
No somos profesionales. No vamos a serlo. Nos llamamos Amigos del
Campeón del Mundo porque, técnicamente, vivimos en el mismo planeta
que Scottie Scheffler. Eso ya nos une bastante.